
Huele la tienda a naftalina
y carmín de dependienta
acercándose sinuosa, espléndida,
como tarde de cartas y vino.
¿En qué le puedo ayudar?
Y no sé por dónde empezar.
Si fuera su apetito caníbal,
tal vez por devorar la sequía de mis brazos.
Siendo su cuerpo guitarra tensa de cuerdas,
por Entre Dos Aguas tal vez.
Zapatos, le digo casi sin saliva.
¿Bota, sandalia, clásico, deportiva?
¿Cuero, plástico?
Siempre me han derrumbado las disyuntivas
y los interrogantes a corto plazo.
Máxime cuando un aire acondicionado
recorre los pliegues de su falda,
ajustada y corta como los estrechos
interoceánicos.
Probaré de todo un poco,
sugiero perdido
(vivo sin prisa).
Tiene el calcáneo ligeramente deformado.
Lo sé.
No le ayuda la inclinación del índice derecho.
De nacimiento.
¿Sufrió acaso de pies planos?
De niño puede ser
(todo puede ser de niño).
Déjeme buscar en el almacén.
Y tardaba en volver. Años.
Y migraban las agujas colinegras,
crecían otoños entre mis dedos,
orinaban verdades los borrachos en la esquina.
Llovía…
Recuerdo largas temporadas
de borrasca y percusión.
Sin reparar en su presencia
con vaivén de péndulo,
otro cliente esperaba marchito
a la orilla del mostrador
el regreso de aquella silueta.
Y zumbaba entre silbidos:
En algo se parecen mis zapatos al amor,
Que por más siglos de espera,
Nadie hay quien acierte
con la talla diestra.
(Mientras,
sigo
calzando
impar).